Me encanta ir a la farmacia de Berango, la de Irusta. No solo porque sean mis clientes, que también, sino por lo amables y encantadoras que son.
Las conocía antes de dedicarme a hacer canastillas, ya que es la farmacia que se encuentra cerca de casa.
Son chicas, todo chicas. Varias de ellas tienen hijos pequeños, como Mónica con la que me tropiezo por la mañana cuando lleva al niño al cole antes de ir a trabajar.
Como os decía, da gusto ir a la farmacia, porque además de ayudarte de manera profesional, te hacen sentir que saben lo que tú como madre estás sintiendo: dudas, miedos etc., esas cosas que nos persiguen a todas en cuanto tenemos hijos…
Recuero que cuando mi hijo pequeño era un bebé y comía poquísimo y no engordaba, yo lo llevaba a pesar. Ellas me decían lo mismo que el pediatra, “Tranquila que aquí no se mueren niños por no comer”, Pero era diferente, porque ellas, que saben que esa es la verdad, conocen la sensación de angustia que tú estás sintiendo y te cuentan su experiencia y…, y tú te vas a casa mucho más tranquila.
Las chicas de la farmacia, de vez en cuando, me encargan alguna canastilla. Es un rato genial. Como están cerquita lleno una gran bolsa con cosas que creo que les van a gustar y voy a la farmacia. Nos metemos todas en un cuartito secreto que tienen y allí entre todas organizamos la canastilla. “ A mí me gusta este faldón “, “no, es mas practica esta chaquetita “, mejor azul”, “no, mejor blanco, que combina más fácil”.
Cuando me dan las gracias porque me molesto en ir allí, no se como explicarles que no me importa, al contrario, que son ratos que merecen la pena perder, porque yo también lo paso genial.








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